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La guerra por una mentira

La guerra por una mentira El 19 de marzo del 2003, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció una segunda invasión de Irak. La operación militar, bautizada ‘Libertad iraquí’, se desplegó para que Washington y sus aliados “no vivieran a merced de un régimen bandido que amenaza la paz con armas de destrucción masiva”. El casus belli, el desarrollo de armamento nuclear y biológico por Saddam Hussein, terminó siendo falso. Una mentira de la inteligencia norteamericana desembocó en la aventura (...)

La guerra por una mentira

El 19 de marzo del 2003, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció una segunda invasión de Irak. La operación militar, bautizada ‘Libertad iraquí’, se desplegó para que Washington y sus aliados “no vivieran a merced de un régimen bandido que amenaza la paz con armas de destrucción masiva”. El casus belli, el desarrollo de armamento nuclear y biológico por Saddam Hussein, terminó siendo falso. Una mentira de la inteligencia norteamericana desembocó en la aventura militar más cruenta de Estados Unidos desde la guerra de Vietnam. En mayo de ese año, menos de dos meses después del inicio del conflicto, el presidente Bush declaró el “fin de las acciones de combate” con una pancarta a sus espaldas que decía: ‘Misión cumplida’. El mandatario no podía estar más equivocado. De hecho, el ‘combate’ en la Mesopotamia apenas comenzaba y se transformaría en el legado más impopular de su administración. Transcurrirían más de ocho años y medio para que otro funcionario de la Casa Blanca, esta vez el jefe del Pentágono, decretara ayer la terminación oficial de la misión militar en Irak y el retiro de los 4.500 soldados restantes. Con una modesta ceremonia de arriada de bandera en el aeropuerto de Bagdad se cerró esta guerra basada en una mentira. El segundo paso de Estados Unidos por Irak deja un balance sangriento y precarios resultados. Unos 4.500 militares norteamericanos fueron abatidos desde el 2003 y más de 30.000 sufrieron heridas. Cuando el último soldado abandone ese país del Medio Oriente, el costo total llegará aproximadamente a un billón de dólares. Del lado de la sociedad iraquí, las víctimas civiles superaron las 100.000 y las militares, unas 20.000. De los objetivos que justificaron la invasión muy pocos se lograron. Tanto Saddam Hussein como su brutal dictadura cayeron, pero la violencia se disparó en manos de una docena de grupos insurgentes de origen religioso. El temor que hoy asiste a los ciudadanos es que el vacío de autoridad que deja la partida de las fuerzas estadounidenses desate otro largo ciclo de ataques, carros bomba y atentados terroristas. La sociedad iraquí sigue hoy dividida en tres facciones -chiíes, suníes y kurdos-, que no se han puesto de acuerdo en asuntos fundamentales como la administración de la riqueza petrolera y el sistema de justicia. Si bien las elecciones que dieron origen al gobierno del primer ministro, Nuri Al-Maliki, fueron consideradas libres, aún faltan por consolidar elementos básicos del sistema democrático, como unas fuerzas armadas leales al Estado y no a la religión. Estados Unidos deja a Irak sin Saddam, pero sin paz. La minoría suní teme que las mayorías chiíes se impongan y consoliden su alianza con el régimen de los ayatolás en Irán. En materia de provisión de servicios públicos como energía y seguridad, el aparato gubernamental de Bagdad ha demostrado su fragilidad, incompetencia y corrupción. En medio de una oleada de protestas en el mundo árabe por mayor democracia, Washington abandona a su suerte a su primer ‘programa piloto’. Barack Obama se va de Irak con un suspiro de alivio. Desde que era candidato rechazó la guerra y prometió el retiro de las tropas. De los dos frentes abiertos de guerra que heredó, clausura uno y concentra sus esfuerzos en el otro: Afganistán. Sin embargo, por más estrategias que se consideren, la aventura de Washington en Irak ratifica el fracaso histórico de quienes esperaban ser recordados como ‘libertadores’ de un pueblo oprimido y hoy se despiden, sin pena ni gloria, como invasores.

El Tiempo. Diciembre 16, 2011. Editorial

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