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Los animales que a diario matáis

Santiago Espinosa, Bogotá 18 de febrero de 2011

18 de febrero de 2011 Los animales que a diario matáis POEMA SOBRE JONÁS Y LOS DESALIENADOS Si los hombres viven en la barriga de una ballena sólo pueden sentir frío y hablar de las manadas periódicas de peces y de murallas oscuras como una boca abierta y de manadas periódicas de peces y de murallas oscuras como una boca abierta y sentir mucho frío. Pero si los hombres no quieren hablar siempre de lo mismo tratarán de construir un periscopio para saber cómo se desordenan las islas y el mar y las (...)

18 de febrero de 2011 Los animales que a diario matáis

POEMA SOBRE JONÁS Y LOS DESALIENADOS

Si los hombres viven en la barriga de una ballena sólo pueden sentir frío y hablar de las manadas periódicas de peces y de murallas oscuras como una boca abierta y de manadas periódicas de peces y de murallas oscuras como una boca abierta y sentir mucho frío. Pero si los hombres no quieren hablar siempre de lo mismo tratarán de construir un periscopio para saber cómo se desordenan las islas y el mar y las demás ballenas -si es que existe todo eso. Y el aparato ha de fabricarse con las cosas que tenemos a la mano y entonces se producen las molestias, por ejemplo si a nuestra casa le arrancamos una costilla perderemos para siempre su amistad y si el hígado o las barbas es capaz de matarnos. Y estoy por creer que vivo en la barriga de alguna ballena con mi mujer y Diego y todos mis abuelos.

Antonio Cisneros (Lima, 1942-)

EL TIGRE

Hay un tigre en la casa que desgarra por dentro al que lo mira. Y solo tiene zarpas para el que lo espía, y solo puede herir por dentro, y es enorme: más largo y más pesado que otros gatos gordos y carniceros pestíferos de su especie, y pierde la cabeza con facilidad, huele la sangre aún a través del vidrio, percibe el miedo desde la cocina y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche: coloca su cabeza de tiranosaurio en una cama y el hocico le cuelga más allá de las colchas. Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo, de muro a muro, y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo, como a través de un túnel de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar, los renegridos panales del crimen de sus ojos, los crisoles de saliva emponzoñada de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo, para que no me mate.

Pero sé claramente que hay un inmenso tigre encerrado en todo esto.

Eduardo Lizalde (México D.F 1929)

MANTARRAYA

Por algún divertido arreglo los dos muchachos han dividido en dos la mantarraya como si fuera una hoja de papel Y ahora cada uno lleva su parte colgando de la mano

Ya nada queda de la gracia que el animal exhibe en los acuarios Ondeando, sumergiéndose, elevándose en el agua todo su cuerpo como dos extrañas alas

Mientras la ofrecen a lo largo de la playa los dos muchachos aseguran que con ella se prepara un excelente y vigorizante cocido

Las dos partes siguen vivas

A veces una de ellas levemente se estremece y aletea como si una parte reclamara la otra

Rómulo Bustos (Santa Catalina de Alejandría, Colombia, 1945)

LA ANGUILA

La anguila, la sirena de los mares fríos que se retira del Báltico para llegar a nuestros mares, a nuestros estuarios, a los ríos que remonta en la hondura, bajo la riada adversa, de cauce a cauce y luego de hilero en hilero, adelgazados, siempre más adentro, cada vez más en el corazón de la peña, filtrándose entre regueras de cieno hasta que un día una luz lanzada desde los castaños enciende su desliz en pozas de agua estancada, en los fosos que descienden de los peñascos de los Apeninos a la Romana; la anguila, tea, látigo, saeta de Amor en tierra que sólo nuestros barrancos y los resecos arroyos pirenaicos devuelven a paraísos de fecundación; el alma verde que busca vida allá donde sólo muerde la sequía y la desolación, la centella que dice que todo empieza cuando todo parece carbonizarse, sepultada raíz; el iris breve, gemelo del que engastan tus pestañas y haces brillar intacto en medio de los hijos del hombre hundidos en tu fango, ¿puedes no ver en ella a tu hermana?

Eugenio Montale (Génova, 1896 – Milán 1981)

***

De pie, joviales y amenazantes, cientos de jóvenes antitaurinos rodean las vías de la Plaza. Alzan pancartas al rojo y negro. Cantan. Reparten gritos y volantes frente al bolillo atónito de los policías. Hay algo de anarquía en sus gestos, y no sólo en los colores, de una verdad furiosa que parece poblar calles y avenidas al ritmo de sus protestas. Pareciera que la marcha, más que pancartas, cargara un ejército de espejos que vislumbran nuestro horror, un compendio de ventanas negras que comienzan en la calle y terminan en el hondo de los mataderos.

Pasada la comparsa sentimos la sangre en el rubor de nuestros rostros. Mucha sangre. Sangre entre los dientes de los restaurantes felices, sangre en las clínicas y en los aumentos del salario. Sangre escurriendo en el cuero de los zapatos, sangre. Gotas de sangre joven enturbiando la sopa del invierno, el rostro satisfecho del héroe en los billetes. Sangre que anida y respira en la juntura de los edificios. En los ladrillos de argamasa. Sangre en la escuela, los templos, engrasando las rotativas de los periódicos.

La misma situación se repite cada año siempre que hay temporada de toros. Poco pueden hacer y por eso gritan, ya nadie se los toma en serio porque hacerlo implicaría recordar matanza. Pero basta la marcha de un puñado de muchachos para reconocer en nuestras propias rutinas un cuadro criminal, sentir entre los dientes el aliento de los muertos. Descontados sus efectos prácticos, siempre escasos, el alcance real de sus consignas o reclamos –siempre tendrá más plata el empresario que las bestias, más eficiente la matanza a las palabras que protestan-, la furia de estos jóvenes es la de un grupo de colombianos que no quiere matar, que quieren desde su sentimiento otra relación con la cultura y la naturaleza. Su sola aparición se opone a una tradición nacional que es histórica y biológicamente asesina.

Porque en la fiesta de los toros hay mucho más en juego que un espectáculo, la milenaria tradición de matar en escena, torturar en público para fundar los lazos de una comunidad humana. Los toros son la quintaesencia de una herencia violenta, el símbolo por excelencia de una colonia conquistada en el más brutal desconocimiento de lo diferente, llámese a esto naturaleza o cultura alternativa, extranjeros. Si los norteamericanos exhibían enanos en los tiempos de represión, alivio para sus egos empobrecidos, los españoles mataban toros para sentirse supremos en su miseria, y así evitar la crítica o el asco de su propio espejo.

Vemos a las tribunas pidiendo sangre, aplaudiendo los embistes, exhibiendo las orejas del toro mutilado como un trofeo de batalla. Los toros son los moros y judíos, el ojo de lo distinto, y hay que matar esa amenaza para evitar cualquier riesgo de enamorase de ella. Vemos el toro cayendo sobre su peso, charcos de sangre. Los toros son los cuerpos de los indios caídos, despidiéndose en su ofrenda, la naturaleza conquistada a la que había que destazar para poderse validar como españoles. Con las mismas dinámicas se fueron poblando estas tierras de cruces anónimas, las calles de asesinos.

Tenía razón Heidegger cuando ante la pregunta por la filosofía española respondía con algo de ponzoña: “un filosofo español es una contradicción en los términos, es como un torero alemán”, y tenía razón no porque los alemanes estén exentos de aquella barbarie, no, sino porque en una cultura donde el rito se limita a la apetencia o al duelo no puede haber inteligencia ni reconocimiento. Nunca amor sino conquista, nunca comercio sino el recelo atroz de los cerebros clausurados y mediocres.

No en vano la españolidad se asocia con los toros de manera visual y necesaria: si España recibe su bendición nacional con el baño de sangre de moros y judíos, indígenas y extranjeros, no había otra forma de conmemorar esa nación que matando y picando el misterio de las bestias: imagen de lo otro envuelta en cuernos; el pagano que se vuelve diablo en diablo en la cerrazón del autismo. Luego se llenarían las botas con sangría en el cáliz de las victorias, luego las espantosas sevillanas y los trajes de luces. Que colombianos y mexicanos celebren con tanto fervor este desollamiento habla de una cultura victoriosa que se solaza en la sangre de los derrotados. El cuadro de una sociedad bastarda, que se erige en la matanza de su propio desconocimiento.

Quizás sea por eso que los indígenas, en respuesta, oficiaban espectáculos igualmente asesinos en los que amarraban al lomo de un toro un cóndor desesperado, que picaba y desangraba a su oponente en busca de la libertad. Esta escena de duelo y agresividad, narrada magistralmente por el peruano José María Arguedas, era una suerte de respuesta a la conquista, un carnaval de inversiones y de afrentas que con las mismas dinámicas de los conquistadores, usando las mismas lógicas destructivas, se venga de los victoriosos y recuerda en la ira la sangre de los derrotados.

Danza de toros y cóndores, de un hombre que mata al uno o al otro, al otro a través del uno mientras que vuelve a matar. Poco importa el orden, igualmente sangraría la tierra. De todas maneras los toros se seguirán asesinando en las plazas y los mercados, y el cóndor se seguirá existiendo en la voracidad moderna.

Que no hable los taurinos de arte o ciencia, la fiesta taurina no es otra cosa que una conmemoración de nuestro holocausto con la naturaleza, una presentación festiva de nuestra vocación de mataderos. Que no hablen de tiempos arcaicos que los frisos de Roma o Creta muestran a un hombre que danza con los toros, no a un danzante que asesina tortura el milagro de su danza. Pero a diferencia de lo que dicen los antitaurinos la fiesta brava sí es una cultura, y es una cultura porque precisamente es el reflejo más genuino de esta sociedad brutal. “Sólo con sangre se graba la memoria”, decía Nietszche en alguna parte. La fiesta taurina se ha arraigado en las mentes a fuerza de sangre, y con ella la tradición de rencores que ella encarna. No debería extrañarnos que esto ocurra en países que han erigido su poder a fuerza de matanzas y violencias.

Hoy sería prácticamente imposible imaginarse a una ciudad como Bogotá sin la presencia de los toros. La plaza es el centro de la ciudad como quien dice el epicentro de la barbarie, y en ella siguen ocurriendo los episodios que excitan la violencia necesaria para matar y despreciar a los enemigos. Para desviar la violencia y el odio frente el estado usando como carnada la violencia contra los inocentes. No en vano las plazas están llenas de electores y soldados, maestros y ministros. No en vano la plaza lleva nombres católicos en el país del Sagrado Corazón: se trata de postergar el velo de las impunidades. Y la gente pide sangre y dos orejas obedientemente, el rabo del toro como un amuleto estéril. De esto a la guerra hay un despecho de distancia, Contaba Cardoza y Aragón que en 1948, una semana antes del Bogotazo, los jueces indultaron un toro en la Plaza de la Santa María, y el público, lleno de ruido y de furia, ebrio por la violencia y excitado por el espectáculo, se abalanzó sobre el centro de la arena y descuartizó al toro premiado con sus propias manos. ¿Existe un mayor símbolo para expresar la represión y la violencia nacional?

Y la naturaleza, la naturaleza. El milagro de estos negros animales que parecen escogidos por los hados para la danza y el ocio, para el libre despliegue en la curvatura del espacio, y que a cada domingo de temporada se matan con sevicia y sistemáticamente, se pican y se trinchan como carne viva, y luego se arrastran en camiones y se botan a los chulos. Al el fondo de esta matanza se esconde el profundo desprecio por la naturaleza que terminó por dislocar las lógicas del planeta. Olvidan los taurinos que la verdadera belleza de sus domingos se centra en el toro de lidia. En el toro, y no en los ropajes afeminados del torero y sus testículos ahorcados, no en el ridículo de sus trajes y sus horrendas músicas, en sus apasteladas manoletas dignas del peor teatro y las más infames pinturas.

Una cultura medianamente decente pagaría por verlos correr, burlar el viento con sus pistones, surcar la arena con los cascos. Pero nosotros tenemos que matarlos para justificar nuestra perfidia, callar las voces de los muertos, como el que apuñala y ensucia la belleza del mundo para que nadie reconozca su propio hedor. Escribía el novelista Manuel Mejía Vallejo a propósito de un torero que era bien malo con la espada, “es el único colombiano que no sabe matar”.

Ante todo este fardo es que estos muchachos protestan: un universo de horrores, una tortura de animales como centro de nuestras sociedades. De nada valen aquí los argumentos de los taurinos. No hay rito defendible, por fervoroso que sea, que merezca la integridad de un cuerpo vivo. De un cuerpo que siente y se resiste al dolor, y que por eso pelea al margen de los capotes. En la tortura de picos y banderillas terminarían los límites lo éticamente aceptable. Habría que volver a recordar que es más importante un cuerpo que vivo que todas las culturas juntas.

Por supuesto. Hay una danza que es innegable entre el toro y el hombre, cómo negarla. Pero también hay una danza entre el verdugo y el asesino y no por ello deja de ser una persecución enferma. Hay un acople de bestia y torero, claro que si, pero también hay un acople final entre el violador y la violada, y nadie se atrevería a hablar aquí de buenas o malas violaciones, y sí habla en los noticieros de buenas y de malas corridas. Plantear una estética sin ética no sólo sería desconocer la historia del arte y del pensamiento, sería perder la última esperanza de un mundo mejor que este.

De pronto estos jóvenes, algún día, dejen de protestar por un debate legalista, inocuo y peligroso como cualquier propuesta de prohibir o censurar algo, y enciendan con su alegría las calles y los colegios, el mercado y los cementerios. Quizás entonces comiencen a protestarán frente a los mataderos como hoy frente a la plaza. Ante las puertas de los ministerios que hablan de minerías y venta de recursos. Ante la presidencias y las industrias. Si se oye algo de eco en los platos y en las conciencias, en el ambiente, habría un mundo sin tantas barreras en las esquinas ni tantos asesinos en las casas, sin un cementerio viviente cantando en cada estómago.

Hablo de un mundo más cercano a la poesía que la historia, donde podamos relacionarnos con los animales en la abundancia del juego, sin estoques ni burladeros. El que aparece en el ingenioso poema sobre Jonás del peruano Antonio Cisneros, y que nos recuerda que los animales son también nuestra morada, y en nuestra relación con ellos radica la última posibilidad de nuestro tiempo y nuestro espacio. Un mundo en el que hombres y mujeres se deslumbren en la sensualidad de los tigres, ya no en sus pieles, donde entiendan en ellos su caída y su vértigo y no sólo lo espurio de sus negocios, y del que mexicano Eduardo Lizalde nos ha dejado unos poemas de un erotismo insuperable.

Saber que lo sagrado habita y se duele en los ojos de los otros. Aun en los animales muertos, tal como se vislumbra en el poema Mantarraya del colombiano Rómulo Bustos, un poeta que más que una reunión de versos ya tiene un extraordinario bestiario de seres fabulados. Un mundo, pues, donde anguilas y hombres, toros y toreros, sean hermanos y no rivales, y como en el bello poema del italiano Eugenio Montale entiendan los unos que su existencia pasa por los otros.

Por eso es que muchos preferiríamos una Tierra de joviales antropófagos: ningún inocente saldría herido en la abundancia de nuestra fiesta.

MENSAJE. Como varios escritores recibí con desconcierto las últimas noticias sobre la poeta Angye Gaona. Espero que se aclaren los hechos, que a ella se le respeten sus derechos y el debido proceso. Ojala muy pronto pueda estar escribiendo de nuevo.

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